Vidas de cara B

Diario de una epidemia 4 –

Entramos en la segunda semana de confinamiento y lo que te rondaré morena. Si hay una cosa que me está alegrando los días, si hay una compra de la que no me arrepiento es la de un tocadiscos. Fue hace ya unos años. Y, en realidad, se trató de un regalo de mi chica. Me dio por volverme un fetichista y empecé a pensar que la música no sonaba tan bien como cuando tienes en las manos la carátula, bien diseñada y maquetada, y sacas de su funda, con sumo cuidado, un disco de vinilo, después lo ensartas en el plato giratorio y con la delicadeza de un amante, depositas la aguja sobre los surcos sin apenas rozarlos, como una levísima caricia. 

Llamadme flipado, pero ese pequeño ritual me predispone mucho mejor a escuchar (y cuando digo escuchar, me refiero a poner la oreja en un acto de voluntad, no a oír, que es la capacidad humana de percibir el sonido, quiera yo o no). Además, me obliga a estar un poco más atento porque al cabo de un rato el disco se acaba y hay que darle la vuelta. Es verdad que también me pongo Spotify, pero esto requiere otra actitud. 

Así, en estos días, normalmente mientras juego con mi hijo, pongo música. Vaciamos la caja de juguetes en la alfombra o cogemos los lápices y unos folios, elijo un vinilo (aunque a veces el muy perro, con tres años, empieza a tener sus gustos y, en vez de Horace Silver, prefiere Carolina Durante) y nos dejamos llevar. Hasta que se hace de nuevo el silencio. Unos segundos o algunos minutos. Entonces, me levanto y le doy la vuelta al disco. 

Poner la cara B forma parte del ritual y, aunque probablemente los grupos de hoy no le den importancia a eso, antes el reverso del vinilo tenía su propia alma. Es decir, estaban los grandes hits, con los que se hacía famosa la banda, que venían en la cara A. Pero en el otro lado se colocaba también estratégicamente algún tema que podía ser algo diferente, un poco más experimental o no tan comercial, que después se vendía aparte como una cara B. A veces, salía bien el experimento, a veces, salía fatal. De ahí esa connotación un tanto negativa de la expresión «la cara B» de algo. Todo eso se perdió con el cd y, por supuesto, con el hilo musical infinito de internet.

Árboles y matorrales. Primero y segundo higos. Hacia 1900. Matson Collection. Dominio Público

Pues bien, la experiencia de estos días también está consistiendo en descubrir el otro lado de muchas cosas. Las vidas de cara B. Por ejemplo, el otro día después del aplauso de las ocho, un vecino, seguramente emocionado tras esa rara comunión con el otro que se produce, sacó unos altavoces, los puso en su ventana y puso Queen a todo trapo. En muchos balcones la gente empezó a bailar y corear, y se montó un cierto jolgorio. Debo decir que a nosotros también nos relajó. Era la primera vez que vivíamos en nuestra calle lo que hemos visto últimamente en nuestras redes sociales. Y una cierta esperanza ablandó aun más nuestros corazones, pensando que todo este acontecimiento excepcional podría estar sacando lo mejor del ser humano. Como esas notas que hemos visto circular, en las que jóvenes altruistas se ofrecían a salir a comprar para personas vulnerables. O lo de los estudiantes de la universidad dispuestos a cuidar los niños de la gente que trabajaba en aquellos primeros días de cuarentena casi voluntaria. Incluso, esa noche se me ocurrió lanzar la hipótesis de que tal vez lo que naciera de este singular momento sería algo más comunitario, la firme voluntad popular de barrer todo rastro de egoísmo, usura, explotación y mezquindad. Nada más y nada menos. Así, con toda la euforia de Don’t stop me now que sonaba en ese instante. Joder, si hasta mi vecina del segundo, la que una noche estuvo a punto de mandarme a Auschwitz porque bajé a tirar la basura y tardé cinco minutos en limpiar unas gotitas que habían escurrido, hasta ella, decía, había salido a dar el aplauso. Eso solo podía tener una interpretación. 

Pero no. Antes de que terminara el disco, vimos a lo lejos cómo cuatro furgonetas de la policía se acercaban a toda velocidad. Obviamente supusimos que algo gordo habría sucedido. Una revuelta en Covaresa o yo qué sé. Sin embargo, no dimos crédito a nuestros ojos al ver que giraban la esquina y venían en nuestra dirección. Mi chica se puso a mirar a todas partes, sacando medio cuerpo por la ventana, para ver si es que en alguna casa estaba ardiendo algo. Pero en ese mismo instante la música paró. El vecino verbenero metió los altavoces lo más rápido que pudo, cerró las ventanas y desapareció bajando las persianas. Los demás nos quedamos con la boca abierta. Efectivamente, las cuatro lecheras se pusieron en el medio de la calle, aminoraron la marcha y, mirando para arriba, controlando que todo estaba en orden, los policías fueron saliendo por el otro extremo al cabo de unos minutos. Era increíble, pero cierto: algún vecino había llamado para denunciar. Un viernes. A las ocho y media de la tarde. Tras siete días de confinamiento. Gracias.

Naturalmente, salimos de nuestra burbuja de buen rollo y esperanza por la humanidad y nos pusimos a hacer la cena. He aquí un superhit de cara B en tiempos de epidemia. 

Para esto los alemanes, que son muy precisos con el lenguaje, tienen uno de los mejores insultos que he oído en mi vida. Ya lo expliqué en otro lado hace mucho tiempo. A este tipo de personas las llaman asi. Los asi son todos aquellos que van a su bola, que no respetan un mínimo de normas comunes, son asociales (de aquí viene la expresión) porque no aguantan la convivencia ni son tolerantes ni respetuosos. Es verdad que normalmente tiene un tinte clasista y se aplica a los típicos borrachos de la calle. Pero si un vecindario entero celebra una fiesta y hay uno que llama a la policía, entonces ese será el asi. Y es de lo peor que le pueden llamar a uno. 

Desde aquel día escucho con más insistencia las caras B de mi pequeña colección de vinilos. No me hago muchas ilusiones al respecto de encontrarme grandes joyas desconocidas, pero tampoco pierdo una cierta esperanza. Simplemente me lo tomo como un acto de realismo, una forma de decirme que el mundo, en toda su belleza, consiste precisamente en eso, en cosas buenas y malas, en gestos bellos de una ciudadanía con miedo y cansada, pero que no son más que gestos, sin tener que implicar necesariamente nada, y en actitudes maravillosas como lo de las notas para ir a hacer la compra. En esa mezcla es donde reside en estos momentos el milagro del mundo, creo. Pero sin relativizar, porque os reconozco que estoy un poco cansado y últimamente me callo cada vez menos ante lo que me parecen actos de egoísmo puro. No sé si será el encierro o tanto escuchar Cayetano

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