La orfandad de Ocnos

Hace años encontré en una librería de segunda mano de Valladolid un ejemplar de la edición mexicana de 1963 de Ocnos, de Luis Cernuda. En la primera página del libro había una hoja raída, amarillenta, con letra antigua de trazos alargados y tinta negra, una especie de apunte escrito por un dueño desaparecido: “Ocnos no es una biografía ni podemos rastrear en él a la persona de Cernuda. Poesía abierta. Discurre, al igual que el pensamiento, por entre el presente y el pasado evocando momentos en los que el yo se descubre en la realidad y ésta toma forma en ese encuentro: en la música, en un cuerpo, en los libros. Este es el deambular de Ocnos”.

El caso es que hubo tres ediciones diferentes: en Londres, 1942; en Madrid, 1949; y en Veracruz, 1963. Esta última, corregida y ampliada por el autor antes de morir, es considerada la versión definitiva. Así, que podríamos decir que es un libro que parte de España y que en sucesivas oleadas vuelve y se va de nuevo. ¡Qué extraño viaje para un libro! ¡Qué desarraigo el de su autor!

¡Ah, tiempo, tiempo cruel, que para tentarnos con la fresca rosa de hoy destruiste la dulce rosa de ayer!

Luis Cernuda.

Un texto vuelve a la vida, por así decir, en el presente del lector. Si el texto refleja sobre todo el logos de un semejante, su discurrir en el mundo, su peculiar manera de apuntalar el mundo, entonces yo puedo identificarme en él y empatizar con él. El deambular de la edición de este libro es, sin duda, un correlato de ese pensador que lo escribió. Así, que tanto el libro como Cernuda realizan un viaje de vuelta con la lectura que yo realizo hoy.

¿Pero en qué consiste esa vuelta de Ocnos? ¿Es sólo explicable por el exilio de Cernuda? Sí y no. Las condiciones materiales más concretas de la vida de una persona, tener cinco dedos en cada mano, ganar un salario con el que no se llega a fin de mes o estar perseguido por motivos de identidad sexual, son la condición de partida del pensamiento más abstracto y artístico.

Sin embargo, esas condiciones, siendo necesarias, no son suficientes. Por eso, la condensación de instantes fugaces en un texto, que por naturaleza tiende a permanecer, se produce a consecuencia de nuestra condición finita como seres. O, como decía otro poeta en el exilio, Joseph Brodsky, un ser finito es incapaz de concebir el infinito.

Por eso, decir que vuelve a la vida un texto es hablar de la recreación mutua entre autor, texto y lector. Esta se produce de la disolución continua de ellos en la orfandad de la escritura. Ahí es donde encontramos esa apertura de la poesía que mencionaba más arriba la cita, su deambular.

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