Viajar en una burra

Que la falta de atención, u olvido súbito, es un problema muy de ahora lo certifican la cantidad de artículos que se escriben en la prensa diaria sobre ello, el consumo voraz de moda en forma de arte, música, ropa o costumbres, y la literatura de metro, esos interminables bestsellers que devora el viajero cansado en los intersticios de sus funciones vitales: el trabajo y las compras. 

Esta falta de atención es la que pide películas inconsistentes, conversaciones ligeras y, por supuesto, lecturas fáciles y entretenidas. Y, a menudo, parece casi irreconciliable el entretenimiento con una lectura más filosófica y artística, menos banal. Es cierto que nos falta tiempo para interrogar a las palabras y que para ello, no basta con preguntar únicamente sobre el argumento. Sin embargo, tal vez por esto, deberíamos ser más cuidadosos con las historias que leemos. Estas, normalmente, no son más que la excusa con la que el escritor intenta engatusarnos para hablarnos de otro tipo de cosas más allá del acontecimiento y la psicología.

Por eso, El viaje en una burra de Robert Louis Stevenson me parece que no solo es interesante por la excentricidad (ya incluso a finales del XIX) de un recorrido así por tierras perdidas del Languedoc francés, sino porque el mismo ritmo del viaje, lento y sinuoso, imprime a la narración una prolijidad de detalles propia de una mirada muy atenta. 

Robert Louis Stevenson.

En este diario de viaje el escritor se propone recorrer una región de la Francia meridional que le resulta atractiva por un motivo: se trata de una zona en la que siglos atrás se produjo uno de los primeros movimientos de reforma del catolicismo (después de los Cátaros), que fue salvajemente reprimido con la quema de los reformistas y la posterior repoblación con católicos. Stevenson, protestante escocés convencido, se siente curioso por ver qué ha sido de esas gentes. Sin embargo, lejos de ser ese el tema, el libro no toca apenas la cuestión religiosa. Más bien, se dedica a narrar sus peripecias con una burra a la que no sabe tratar, el contacto con las gentes de cada pequeña aldea que visita, los paisajes que atraviesa, la historia y las leyendas del lugar, así como las sensaciones que él mismo como extranjero tiene y provoca en los demás. Todo es objeto de su relato, desde los aullidos lejanos en las noches al raso hasta la confección de su moderno y excepcional saco de dormir, pasando desde luego por el creciente cariño hacia una burra a la que al principio odia.

De esta manera, el libro se convierte sobre todo en un elogio de la atención, de la pausa, del ritmo lento magistralmente visualizado en el paso de su burra. Es una narración que nos llama a la calma, a tomarnos nuestro propio tiempo para leer y sentir, para disfrutar el instante que se estira sin un antes ni un después. Pero también es una parodia del propio autor que de manera divertida e irónica, reparte dardos de los que no se salva ni él mismo.

Por eso, sería lo contrario de esas lecturas de metro, que nos empujan hacia la última página no para que demos fin a la historia, sino para olvidarla y correr a comprar otro libro y luego otro, fustigados por la sed de tener lo último, lo más nuevo. Leer El viaje en una burra es una reconciliación con los pequeños detalles de la vida. 

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