El mundillo

Un cuento porno –

Al principio, Antonio no tuvo ni idea de por qué el chaval que acababa de entrar en su tienda lo miraba así, de soslayo, fisgoneando cada rincón y toqueteando las bicis como si realmente quisiera algo, pero buscando en realidad un ángulo desde donde observarlo, de modo que, tal y como le explicó por la noche a Eva al llegar a casa, comenzó a ponerse nervioso, como esperando que pudiera pasar cualquier cosa, nada bueno, estaba claro, pues en el último mes había habido dos robos en la zona, y ya sabía Eva, le dijo, cómo se estaba poniendo la cosa. Así, que, continuó contándole, se puso un poco en guardia, con su móvil en la mano por si acaso, mientras el otro continuaba dando vueltas a la tienda, mirándolo furtivamente, y entonces, de repente, el chaval se paró detrás de las cubiertas de las bicis y le sacó una foto. Así, sin más. Una foto robada. En su propia tienda.

Pero lo peor no fue eso, siguió explicándole a Eva con indignación, lo que más le había jodido es que el chaval ni siquiera hizo el gesto de acercarse ni nada, ni se inmutó al darse cuenta de que lo había cazado, o sea, que no se pensara Eva, le dijo, que después de haberlo pillado in fraganti y de gritarle desde el mostrador que por qué le sacaba una foto, el chaval se había achantado, para nada, todo lo contrario, el muy cabroncete se había dado media vuelta y se estaba largando a toda prisa, abriendo la puerta de golpe tan bruscamente que casi le tiró una bici. Y desapareció calle abajo. Y, aunque él salió en su busca y le gritó de todo menos cosas amables, no pudo atraparlo y se quedó raro el resto de la mañana, como con una sensación de impotencia, como si, y con esto no quería exagerar ni tampoco banalizar, le aclaró a Eva, quien buscaba en el frigorífico algo insistentemente, como si de alguna manera, repitió, hubiera sido violado. Porque al principio, el muy tonto, recapacitó en ese momento Antonio, no había tenido ni idea de por qué alguien querría hacer algo así, aunque luego ya sí. Después cayó en la cuenta y se vio como eso, un tonto, un viejo tonto y miedoso cogiendo el móvil para llamar a la policía. 

Le estuvo dando vueltas toda la mañana porque le resultaba ciertamente extraño que, con todo lo que había llovido, a sus cincuenta y tres años, con lo que había sido él, alguien le robara una foto, por lo que debía de ser por la otra cosa, o sea que ahí tenía la explicación, apostilló Eva reordenando uno de los estantes de la nevera visiblemente impaciente por no encontrar lo que fuera que estuviese buscando. Pero al principio no pensó en la otra cosa, siguió Antonio, sino en algo que igual no tenía nada que ver con él. Tal vez el local, tal vez porque alguien quisiera comprarlo o porque les molestara el ruido del compresor cuando lo encendía. Hasta que dos horas más tarde, y ahí fue cuando ya empezó a alucinar de verdad, añadió Antonio observando con curiosidad la operación que realizaba Eva, apareció de nuevo el chaval por la tienda como si nada, aparentando no haber estado un rato antes, y se puso a mirar las bicis de nuevo, a toquetearlas y, entonces, como bien podía imaginarse, le dijo a ella, se puso de unos cojones que, en fin, tuvo que refrenarse y respirar hondo porque no era posible que el niñato hubiera regresado. Así, que se acercó decidido a quitarle el móvil, sin pensarlo, como una especie de autodefensa, momento en el cual el chaval, para sorpresa suya, le soltó que si era Aldo Star, con un tono urgente ante lo que se le avecinaba, dándolo más por sentado que suponiéndolo, pues le había reconocido, insistió, fijo que era él, cómo no, si era inconfundible dentro del mundillo.  

Pero a Antonio, en cuanto oyó eso del mundillo, que era una expresión que le sacaba de sus casillas, solo le salió preguntarle de cuál, si del mundillo de soltarle un sopapo por llegar allí y hacerle fotos sin su permiso o del mundillo de toquetearlo todo en su tienda y no comprar nada, porque no, qué va, ni de coña era el tipo que decía y las cosas no se hacían así, para nada, no se entraba en una tienda a revolverlo todo y violar la privacidad de nadie, y mucho menos por haber reconocido a no sé quién, pues no le daba la gana saber quién era ese señor ni lo que hubiera hecho. Pero aunque lo supiera, aunque efectivamente fuera el tipo ese al que decía haber reconocido, las cosas no se hacían así, no se iba por ahí sacando fotos de la vida privada de la gente, claro que no. Hasta ahí podían llegar, continuó explicándole a Eva mientras ella parecía haber encontrado al fin lo que buscaba, que no eran más que dos botellines de cerveza escondidos al fondo del cajón de las verduras. Así, que, prosiguió Antonio, el muy estúpido no se marchó, que es lo que hubiera hecho cualquiera en su lugar estando en una situación así, para nada, el muy gilipollas continuó insistiendo en que tenía que ser Aldo Star, que lo llevaba viendo desde los quince y que era un gran admirador suyo, tenía que creerle, de hecho lo consideraba un referente en el mundillo, volvió a soltar, o más que eso, corrigió súbitamente al ver cómo la cara de Antonio enrojecía, pues todo el mundo lo reconocía como una de las grandes estrellas que había dado un impulso a la industria española, le estuvo explicando el chaval al tiempo que mantenía un aplomo que Antonio no supo decir de dónde lo sacaba, de manera que Los amateurs y Orgía en la playa, eran películas que ya formaban parte de la historia del género, y todo el mundo admiraba su Hot de Oro de 1993 y sus dos premios AVN, por lo que era un privilegio haberlo encontrado en aquella tienda. 

Actores rodando, 1922. Harris & Ewing.

Al terminar su discurso el chaval, allí plantado, junto a las bicis, entre emocionado y victorioso, Antonio, le aclaró a Eva, se quedó acojonado, sin palabras, porque esas cosas no pasaban en la realidad, no entraba en tu tienda un desconocido a sacarte una foto con la excusa de haberte reconocido como una de las grandes estrellas del porno. Y todo ello dicho como si se tratara de un concurso de la tele. 

Así, que, reconoció Antonio, no supo muy bien qué decirle, pues más allá de la cuestión concreta que le había llevado al chaval hasta allí, estaba el hecho de que, y eso era algo que solo podía valorar así en ese momento, a toro pasado, añadió apurando su cerveza y mirando cómo Eva sacaba su tabaco, los filtros y los papelillos y con su parsimonia habitual se liaba un cigarrillo, en uno de esos gestos que lo habían enamorado, pues el hecho era que todo ese conocimiento, esa cantidad de información de un tema como el porno solo podía tenerlo alguien que estuviese bastante dentro, o bien porque se dedicaba a ello o bien porque era un auténtico fan, cosa que le extrañaba, ya que casi nadie de fuera de ese ámbito le hacía un seguimiento exhaustivo a un actor o a un director porno, nadie llegaba, y hablando con unos amigos en una cena, se ponía a opinar sobre cuánto le había gustado El fontanero, su mujer y otras cosas de meter, por ejemplo. 

Pero es que, siguió contándole a Eva, tampoco se ponía nadie a comentar la interpretación de no sé quién en una escena de sexo grupal o el talento para aguantar en cierta posición tanto rato, por lo que no, no le pareció un fan, sino más bien alguien que trabajaba en ello. Además, todo el mundo veía o había visto porno, pero nadie lo reconocía. Y así, pasaba con estos actores que nadie quería saber nada de ellos una vez retirados de la industria, ni se recuperaban sus interpretaciones en los programas de cine clásico ni hacían reposiciones en la tele, sino más bien, todo lo contrario, caían en el olvido de las cosas gastadas, ya que era imposible borrar sus huellas, aunque quisieran, aunque dijeran que querían volver al anonimato o reinventarse, allí estaban sus películas en internet, en esa especie de cápsula del tiempo donde él seguía siendo una estrella del porno, Aldo Star, y viajaba a Las Vegas a rodar con la mítica Kitty, ganando tres mil dólares a la semana, iba cada año al Salón erótico de Barcelona y viajaba en limusina. Un pasado que había desaparecido como se levantaba la niebla en aquella ciudad los días fríos, dejando un tamiz grisáceo en la luz tenue del mediodía. 

“Todo el mundo veía o había visto porno, pero nadie lo reconocía”

Porque de todo aquello, solo quedaban recuerdos difusos, como el día que recibió la carta del hospital y luego, el médico diciéndole que el cáncer suyo no tenía buen pronóstico, con esas expresiones que nunca significan nada favorable, por lo que decidió contar con una segunda opinión, en Madrid, que vino a confirmarle lo que ya intuía, que tenía difícil cura. Después, llegó la desesperación. Saberse al borde de la muerte lo paralizó durante semanas. No era exactamente miedo lo que sintió, sino una especie de vacío inmenso que lo fue impregnando todo volviéndolo sin sentido, como si las cosas no tuvieran ya importancia a causa de su inminente desaparición. Pero después le invadió la pena y el desamparo y, por las noches, no dormía pensando en cómo su carrera había emprendido un camino diferente al que se imaginó cuando, con dieciséis años tomó la decisión de ser actor, martirizándose durante horas con aquellas cosas que nunca llegó a hacer o con las infinitas variables de su vida si hubiera ido a tal o cual sitio en lugar de a otro. Si no hubiese sido suplente en una obra del instituto, no habría tenido que hacer finalmente el estreno y no habría sorprendido con su interpretación, tal y como le dijeron los profesores. No habría empezado a ir a clases de teatro, ni a soñar con hacer películas. No habría celebrado la alegría de sus compañeros el día del estreno y no recordaría los abrazos de emoción incluso hoy. Todas las posibilidades se encontrarían aun abiertas. Recordaba perfectamente el día que lo llamó su amigo Lolo, que le había salido un casting para una peli erótica y pagaban de puta madre, le dijo, una forma de empezar, de meter primero la cabeza para abrirse hueco, porque así funcionaba la cosa en el mundillo, usando esa expresión que era tan suya y que a partir de ahí se le fue revelando en toda su dimensión, pues ese era el camino para conocer gente y hacerse una carrera. Recordaba todavía la sensación que tuvo al entrar en la sala del hotel donde realizaban la prueba. Por lo menos había otros diez como él, todos igual de jovencitos, recién cumplidos los dieciocho o a punto. Un grupo de unas cuatro o cinco personas permanecía de pie alrededor de una mesa, donde había una cámara fija. Tres hombres, con pinta de técnicos, iban y venían continuamente. Por detrás de todos ellos, una cama, iluminada por varios focos que, en contraste con el entorno tenue, resultaban cegadores, permanecía en mitad del espacio, exenta, enorme, lo cual le resultó un tanto inquietante, como si se tratara de un potro de torturas o algo parecido. Era tan ingenuo por aquella época que hasta que no tuvo que desnudarse y subir al colchón, no se dio cuenta de que realmente un casting funcionaba así, porque debía habituarse a trabajar bajo presión y ante mucha gente, le comentaron, de modo que le costó mucho esfuerzo no sentirse minúsculo cuando una chica, quien luego se revelaría como Bianca, una de sus mejores amigas hasta su muerte pocos años después, salió de la nada, se quitó la bata que llevaba y, completamente desnuda, se echó encima de él. Por unos segundos, le atenazó el pánico, como si estuviera en la camilla de un quirófano a punto de ser abierto en canal, sin anestesia. No podía dejar de mirar a todas partes. Las bombillas. Un camarógrafo que maniobraba por cada hueco abierto entre los cuerpos de ambos. El director, las sillas, un reloj al fondo que martilleaba cada segundo. El chaval que entró con unos cafés para el equipo. Hasta que Bianca le aconsejó que cerrara los ojos y pensara en una playa o en cualquier sitio agradable, que se dejara llevar por ella, que solo era una cuestión de concentración. Así, que poco a poco, fue excitándose y consiguió hacer la escena. Aunque no se corrió. No pudo. Terminó más avergonzado de como empezó. Aunque eso no debió de ser un problema para nadie, pues al cabo de unos días le llamaron y le dieron el papel. Daba bien en cámara, le explicaron después. A Bianca le había gustado, le confesó ella, y eso era fundamental para elegir actores. Después, terminarían rodando cinco películas juntos. Rápidamente aprendió que, en efecto, era todo una cuestión de concentración, aunque también con unas dosis de fingimiento. Lo que sucedía era que las sesiones se volvían agotadoras y, a veces, debían repetir una escena dos o tres veces. Por eso, no siempre tenía el día, y ahí estaban las drogas. Desgraciadamente, la relación de los términos cambió con la misma velocidad con la que dejó de ver al chico de los cafés durante los rodajes. Fue precisamente Bianca quien le ofreció por primera vez cocaína justo antes de una escena. Era su segunda película. Entró en su camerino y le dijo que también había formas de pasarlo bien durante los rodajes, que si tenían que estar siete u ocho horas en el set, podían hacerlo de otra manera. Desde ese momento, la coca, las anfetaminas y cualquier otra sustancia que lo mantuviera despierto y enérgico se convirtieron en parte del trabajo. Lo normal. Todo el mundo consumía y nadie tenía la sensación de estar pasándose. A menudo, cuando ya empezó a ser famoso y su nombre cotizaba al alza, llegaba al camerino y ya tenía preparado su particular bufé libre. No es que fuera incluido en el contrato, pero, desde luego, su agente se preocupaba por que todo se hiciera conforme a sus deseos. Era la época en la que se ganaba bien, a pesar de ser hombre, claro, porque también descubrió en seguida la diferencia abismal entre lo que cobraban ellas, las auténticas estrellas, y lo que ganaban ellos, el particular feminismo de la industria, se decía. Por el contrario, si ya tenías una reputación, la cosa cambiaba incluso siendo hombre. Él llegó a cobrar tres mil dólares a la semana, cuando rodó en Las Vegas. Aun así, nada que ver con cómo se fue degradando la profesión más tarde, con el surgimiento de internet y la llegada del porno amateur. Él ya estaba, como quien dice, pasando sus años dorados, ya había conquistado América y era una institución en el resto de Europa, pero un día llegó su agente, le sacó su contrato y le comentó que tenían que redefinir las condiciones. Al parecer, había cerrado una película para los siguientes seis meses, pero más allá no había nada y el problema era, sobre todo, que tras hacer varios tanteos con distintas productoras, todas se habían mostrado reticentes, se estaban reestructurando, afirmaron, los gustos del público estaban cambiando, necesitaban adaptarse, ser más competitivos, porque internet había llegado para quedarse y ya no podían permitirse esos grandes rodajes con superestrellas y un equipo de veinte personas, de modo que, primero, empeoraron sus condiciones, todos los extras desaparecieron, los bufés libres, los días de rodaje se concentraron cada vez más, hasta que luego fue bajando su caché a un ritmo mayor de lo esperado, mientras su nivel de vida continuaba a todo trapo, un Porsche Carrera, un Alfa Romeo Spider de 1968, un piso en el Paseo de Gràcia y una casa en Cala Comte. 

Para cuando le detectaron el cáncer, sus ahorros ya habían empezado a disminuir y su agente le había avisado de que no podía continuar así mucho más. Así, que cuando un amigo le habló de un hospital en Houston donde estaban tratando la enfermedad con bastante éxito, ni se planteó que podría llegar a arruinarse. Su agente, los productores, todo el mundo le animó a irse a Estados Unidos, la salud era lo primero, y por el dinero, no debía preocuparse, en cuanto lo pusieran a punto, firmaba por un par de películas y listo. No habría problema. Pero lo hubo, claro que lo hubo. El diagnóstico, las pruebas, los aviones, el alojamiento, nada salía según lo previsto, siempre había un retraso, una complicación que al final añadía unos dólares más a la cuenta, de modo que, después de los coches, tuvo que vender la casa de Ibiza y después, la de Barcelona. Cuando se quiso dar cuenta, no le quedaba nada y, para terminar de redondearlo todo, en la segunda operación que le hicieron, perdió un testículo. Algo que entraba dentro de lo probable, argumentaron los médicos, certificó definitivamente el final de su carrera en el cine porno. De lo más alto a lo más bajo, en caída libre. Aun así, pudo contarlo. Dos años y siete meses después de su primera visita al hospital, volvió a nacer, con cuarenta años. 

“La rabia y aquel rencor contra el mundillo se le fueron acumulando”

Al terminar el tratamiento, fue a hablar con su agente. Sin embargo, todo eran malas noticias. La industria ya había cambiado, imposible encontrar algo decente y, menos, para una persona de su edad y con tales secuelas. Y se quedó tan a gusto. Veinte años representándolo y ganando dinero a su costa para que lo dejara en la estacada justo en el momento en el que más lo necesitaba. Si quería, le dijo, podía intentar algún cameo en vídeos amateur. Pero eso le pareció una tomadura de pelo. Los siguientes meses habló con todo el mundo. Quienes antes decían ser sus amigos, ahora tardaban días en recibirlo. Algunas de las productoras con las que había trabajado habían cerrado o se habían reconvertido en plataformas web de gestión de contenidos. Y así con todo. A nadie parecía importarle quién era. Hasta que un día se vio solo, sin un duro y en la calle. Había recuperado la salud, pero de qué le servía, llegó a pensar en algún momento, como si hubiese sido mejor dejarse devorar lenta y dolorosamente por el cáncer. La rabia y un cierto rencor hacia aquel mundillo que le había chupado la sangre durante años se le fueron acumulando meses y meses. 

Una noche, después de llevar tres días borracho tirado en una plaza, decidió volver a su ciudad natal, donde aun vivía su madre, y empezar desde cero apuntándose al paro. Comenzó a levantarse temprano cada mañana para acudir a la oficina a ver si le salía algo. Se inscribió en todos los cursos de mecánica que le ofrecieron y poco a poco, le fueron llamando para hacer chapuzas y pequeñas obras. Fue en esa época cuando apareció Eva y, entonces, encontró la paz, alejado de todos los focos, llevando una nueva vida modesta. Por supuesto que no le contó al principio cuál había sido su ocupación anterior, pero conforme la relación se fue afianzando, se sentía más cómodo para hablarle de su otro yo. Aun así, comenzó a entrarle un cierto pudor. No porque ella u otra persona de su nueva vida pudieran verlo exhibiéndose con solo un clic en internet, eso lo tenía asumido, sino porque todas esas huellas que eran imposibles de borrar, hacían su fracaso más evidente y exagerado, lo colocaban ante los demás como un resto de algo que, además de ser deleznable para buena parte de la sociedad, representaba para muchos una forma casi ilícita y, desde luego, en extremo fácil, de hacer negocio, por lo que no haber sabido siquiera conservar aquel dudoso éxito, lo hacía martirizarse como si fuera un auténtico inútil. Un fracasado. Hasta ese punto se culpabilizaba.    

Precisamente por eso, continuó contándole a Eva, le había respondido a aquel chaval que no tenía ni idea de lo que le estaba hablando y que él no era Aldo Star y mucho menos, actor porno, que él se llamaba Antonio Montero y tenía mucho que hacer, recalcando esto último haciendo el amago de darse la vuelta para dejarlo allí plantado, pues ya le había parecido suficiente la broma y, en realidad, no tenía ninguna gana de seguir alargando aquello, una situación un tanto de mal gusto, le aclaró a Eva con tono duro, que ya duraba demasiado y además, quién era él para soltarle todo aquello a un señor de cincuenta y tres años que lo único que hacía era reparar y vender bicis, por lo que tenía dos posibilidades, le dijo al chaval, o bien compraba algo en ese instante o bien se largaba a tomar por culo y no volvía a aparecer jamás si no quería que la próxima vez llamara a la policía. Pero el chaval, siguió contándole a Eva, ni se inmutó, se quedó pasmado con cara de no saber por qué le estaban echando aquella encima, y era verdad, era verdad, se corrigió ante lo que intuía le iba a decir Eva, que igual se había puesto un poco borde con él, pero es que estaba harto de tener que aguantar tanto gilipollas y le había salido la rabia así, sin más, desde algún rincón insospechado de las tripas donde pensaba que ya no le quedaba nada, pero donde, al parecer, después de diez años todavía conservaba algo. Sin embargo, el chaval tuvo aún el atrevimiento, la poca delicadeza o como mierdas quisiera llamarlo, le concedió a Eva, de dejarle una tarjeta con sus datos justo antes de enfilar la puerta y marcharse sin decir ni mu, joder, una tarjeta para qué, ¿para que hicieran algún trabajo juntos?, qué poca cabeza tenían hoy en día las nuevas generaciones, soltó indignado, qué falta de educación y hasta de profesionalidad, si quería, pues ya se podía imaginar ella de qué iba el chaval, le dijo mientras le enseñaba lo que ponía como presentación, Cute Couple by Day Pornhub Models by Night, una horterada, vamos, con sus direcciones de Facebook y otras redes sociales que no sabía ni lo que eran, joder, una puta pareja amateur de los cojones, soltó visiblemente enfadado, y dando un trago enérgico a su cerveza, añadió que encima lo harían por cincuenta euros la escena o por reproducciones del vídeo o, todavía peor, pues al chico seguro que le pagaban con la suerte, entre comillas, de poder follarse a una tía buena. Así de triste, le explicó a Eva, quien lo miró comprendiendo lo mal que lo había pasado, casi, casi viendo en ese instante la cantidad de horas que habían estado contándose sus vidas, apoyándose el uno al otro, yendo él a buscarla por las noches al trabajo por si aparecía su exmarido.

Mientras Antonio le contaba todo esto a Eva, la luz de la cocina se hizo un poco más cálida, o eso le pareció a la mujer al tiempo que se levantaba de su silla y se acercó a él para darle un abrazo. Tenía que estar tranquilo, le dijo, ya había pasado todo, ahora ya estaba ella allí, con él, le susurró al oído, acariciándole el cuello y los rizos que se le formaban cuando llevaba el pelo un poco más largo de lo habitual. Eso le provocaba a ella una sensación de ternura similar a la que le despertaba pensar en los hijos que hubiera querido tener. Antonio permaneció en silencio, con la cabeza hundida en el vientre de ella, que notaba cálido y fláccido a través del tejido sedoso de su bata, intuyendo, por encima de su frente, sus pechos redondos y voluminosos, aún tersos, respirando esa mezcla de sudor como de almendras tostadas y perfume cítrico tan suyo que lo había excitado desde el primer día que se conocieron. 

Acompasaron sus respiraciones. La mujer lo apretó más fuerte contra su cuerpo, como si tuviera miedo de perderlo y comenzó a besarlo, mientras se abría la bata ofreciéndole su cuerpo. Pero él hundió su rostro un poco más. En realidad, solo quería esconderse de sus propios pensamientos, de aquel chaval que no tendría más de veinticinco años, de la mirada hueca que le había echado mientras le extendía su tarjeta y del rubor suyo al dudar por un instante si guardarla o no.   

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