Entrevista a Juan Bonilla

“El canon español ha sido siempre bazofia” –

Rescato una entrevista que en 2011 le hicimos al escritor Juan Bonilla mi amiga Almudena Zapatero y yo. Bonilla fue galardonado con el premio Nacional de Narrativa 2020 por su novela Totalidad sexual del cosmos la semana pasada. Me pareció interesante releerlo nueve años después. Aunque primero, me gustaría ponerla en situación.

En 2010, a la vez que trabajaba para la Agencia Alemana de Prensa en Madrid, me embarqué en un proyecto muy personal e intenso, aunque igualmente breve y creo que prolífico: fundé la revista Extra junto con Almudena con la idea de volcar en ella nuestras obsesiones y pasiones. Extra nació como un intento de explicarnos nuestra realidad local en una ciudad de provincias a través de otras realidades más amplias, de mirar lo global desde lo local. En los apenas siete meses que duró el experimento entrevistamos a un puñado de artistas que nos interesaban, hablamos del negocio de desahuciar, de la estafa que se avecinaba con una privatización de las cajas de ahorros aun en ciernes y vaticinamos el estallido del 15-M, entre otras cosas.

No existía aún eldiario.es ni ctxt. La prensa digital era todavía un remedo del papel y casi se reducía a El País y El Mundo. Instagram acababa de nacer en octubre de ese año y en España ni sabíamos de su existencia. WhatsApp o Telegram no eran ni un sueño siquiera. Habían pasado dos años de la caída de Lehmann Brothers y los primeros signos de crisis comenzaban a atisbarse en la calle. Pero sobre todo, había un descomunal y creciente sentimiento de indignación hacia la política y la economía, con unas ganas igual de grandes de mejorarlas y hacerlas accesibles a todo el mundo. El movimiento V de vivienda, de Barcelona, luchaba contra la especulación inmobiliaria y sus ecos se oían en toda España. En Madrid, Juventud sin futuro consiguió organizar una serie de protestas transversales contra la precarización y el exilio económico forzoso de los jóvenes. En Valladolid, acababa de morir Miguel Delibes y el alcalde León de la Riva había soltado su enésimo exabrupto machista. Se respiraba en el aire la posibilidad de un cambio más democrático, más justo, real.

El escritor Juan Bonilla, 2011. Foto: Almudena Zapatero.

El 16 de marzo de 2011 el escritor Juan Bonilla pasó por el Festival de Literatura Versátil.es que organizaban la Universidad de Valladolid y el Colmo Colectivo. Tuvimos la gran suerte de poder hablar con él para Extra.

Su último libro de poemas Cháchara (Premio Villa de Rota, Editorial Renacimiento, 2010) se abre así: 

CUANTO SÉ DE MÍ 

Mi dni: 31650987C
El pin de mi teléfono es 9276.
El de mi visa -número 4940005043313975- es 7692.
El de mi mastercard -número 0030443298919438- es 9276.
El password de mi email juanbonillagago@yahoo.es es cruyf1974.
La clave de mi cuenta en ebay, usuario varanasi2003, es tourreiffel1918.
Para entrar en mi cuenta del BBVA,
marque en bbva.es el número de mi VISA
y escriba cruyff1974 cuando le pidan la clave.
La de mi cuenta en iberlibro es kyntaniya23.
Lo mismo para paypal. 

Lo mismo para uniliber. (…)

  • Extra: ¿Te han saqueado ya la cuenta corriente? 
  • Juan Bonilla: No. Y los datos no mienten. Para que el poema funcionase tenía que ser verdad, y lo fue pero en la primera versión. En cuanto me di cuenta del peligro que había en ello, tuve que cambiarlo. 
  • E.: Desde luego que la intimidad expresada en esos datos resulta extraña e inquietante. Parece que a eso se ha reducido lo más íntimo del poeta… 
  • J. B.: Y del ciudadano. Yo creo que el fundamento de la poesía es desvelar o extrañar o desentrañar la intimidad porque en ella consiste lo que somos y la acción de mostrarla puede resultar destructiva. Es decir, si aquellos que creen que te conocen hasta la médula supieran ciertos detalles de tu intimidad quedarían destruidos, desde tu pareja hasta tus amigos… Y claro, ¿cuál es el lugar de la intimidad hoy en día? Las trincheras de «password», las claves que de alguna manera todavía protegen que dan acceso a lugares que solo tú conoces. Y este poema juega con eso. 
  • E.: Vamos, que parte del mito de la verdad indecible que intentan desentrañar los poetas se ha reducido a protegerte de lo que te puedan hacer tus allegados… 
  • J. B.: Este poema está relacionado con otro mío que se llama El sótano, donde digo que uno de los mitos de la poesía es tratar de decir esta verdad indecible que tú comentas, y yo cada vez estoy menos convencido de esto porque creo que las verdades no son indecibles sino que no nos atrevemos a decirlas… 
  • E.: O que no sabemos decirlas. 
  • J. B.: Claro, esa es otra posibilidad, pero no son indecibles y aunque no sepamos decirlas, algunas de esas verdades que recubrimos de mucha hojarasca poética, que no es lo mismo que poesía, son verdades de una sencillez tan brutal que lo que da miedo es esta sencillez y ese no saber o no poder afrontar la sencillez lleva a adornar algo que no necesita ningún adorno. Cuantos menos adornos, mejor. 
  • E.: Retomando la discusión planteada durante una de las jornadas de Versátil.es entorno a la creación poética y los nuevos medios de reproducción digitales y teniendo en cuenta esta cuestión de los adornos, ¿crees que esta proliferación actual de voces y de medios que mezclan formatos enriquece la literatura y su difusión o que más bien está aportando «hojarasca»? 
  • J. B.: A lo mejor puedo sonar retrógado, pero para mostrar precisamente que no lo soy no voy a inhibir lo que pienso al respecto: cuando se dice que esta especie de emergencia repentina ha surgido gracias a las nuevas tecnologías, me da la sensación de que no se sabe qué es y cómo funciona Internet. Un ejemplo, ¿qué pasa con el porno? ¿Es que antes no existía y resulta que ahora ha aflorado de repente? Cuando yo era adolescente, para conseguir una revista porno tenías que recorrer unos cuantos quioscos y ahora te lo encuentras por todas partes. Esto no quiere decir que el porno de ahora sea mejor que el de antes. Sencillamente es que en Internet se multiplica todo por millones, y la poesía también, igual que los periódicos, ¿cuántos periódicos había hace diez años? ¿Cuántas fuentes de información hay ahora mismo?: muchas, las llevamos hasta en el teléfono móvil. Es decir, la poesía no es una excepción, con ella ocurre lo mismo que con el resto de las cosas en Internet. Hay una facilidad tremenda para publicar, decir, etc., le pasa a los escritores, a los músicos, a las prostitutas, a los políticos… ¡Rajoy mismo tiene un Facebook! Y este hecho no tiene nada de excepcional. En cuanto a la poesía en Internet, yo atiendo a lo mismo en ella que fuera de la red: su calidad, los resultados. He leído cosas hermosísimas en Internet, si eso es poesía o no y si se debe tratar en la academia, me da igual, ese es otro tema que no me importa, yo lo que quiero es ver los resultados. No creo que la super producción implique mayor calidad, que por el hecho de que se escriba más haya más posibilidades de leer cosas mejores, pues la super producción ha sido siempre un síntoma de final de época, de final del imperio. Todas las señales nos indican que estamos al final del nuestro. En todas las caídas de imperio hay esa decadencia que lleva a producir y a producir, a lanzar y a lanzar sin que importe lo que se diga y a quién llegue. Eso son cosas sociológicas que tampoco me importan, porque yo quiero ver si alguien es excelente, como Martin Amys, que me encanta. 
  • E.: Uno de los ponentes de Versátil.es, Abraham Gragera, decía que en España siempre se ha prestado más atención a la tradición, a la raigambre latina que al experimento, y que tal vez ahora sea la primera vez que la gente ha perdido ese respeto por la tradición y se está lanzando a experimentar, ¿crees que puede haberse producido una pérdida del canon?
  • J. B.: Si esto fuera así, si se hubiera producido la quiebra del canon, cosa que no sé, sería lo mejor que nos podría haber pasado: el canon español ha sido siempre una bazofia. Y es que a poco que rasques, te encuentras cosas que no se enseñan en las universidades, porque la academia no las considera relevantes y sin embargo son magníficas. Abraham decía que no había habido un romanticismo español, pero eso es lo que dice el canon, y además es mentira. Claro que no hemos tenido a un Lord Byron pero si se investigase un poco más se vería que hemos tenido un movimiento de unos locos que no se leen en las universidades y que eran unos genios. Por ejemplo, el doctor Lañuela. No se lee, pero es nuestra misión, la de quienes nos dedicamos a esto, sacar a la luz a estos genios desconocidos, hablar de ellos, leerlos, tratar de corregir el canon, que los siglos XIX y XX españoles no son lo que nos han contado: Cela no es el gran escritor de la postguerra, aunque lo digan los académicos. La quiebra del canon sería una gran noticia porque significaría que seríamos capaces de seguir adelante, como hicieron en Inglaterra y Alemania, donde han sabido incluir a escritores aparentemente menores. Si esto tiene que ver con el afán de experimentar, no lo sé. Yo pertenezco a una generación en la que si ibas a una librería era mucho más fácil encontrarte en la estantería a Bukowski que a Ignacio Aldecoa. Así, que si me dicen que mi tradición es la española, me parece absurdo porque yo leía más a Bukowski…  
  • E.: ¿Hechas en falta la crítica, que parece que se ha perdido o que no la hay, o que la que hay es la periodística, que se dedica más al evento, a la nota? 
  • J. B.: No hay preparación, así que entiendo que no haya crítica, pues no hay profesionalización, lo que hay son opiniones, que es el grado cero de lo que merece llamarse crítica. Para que hubiese crítica tendría que haber solvencia, respeto, fundamento, todo eso que no hay. Hay seres opinando al tuntún, a su antojo. En la moda o en los deportes sí que existe un mundo absolutamente profesionalizado donde no se da ni un paso sin que los críticos lo aprueben sin perder miles de euros, aquí sí hay voces canónicas y alguien dice «el desfile de fulanito fue una reverenda mierda» y eso hace perder miles de millones de euros. ¿Eso se puede hacer en un mundo como el de la literatura donde el amateurismo es casi una obligación? Es muy difícil. Por eso, entiendo que no haya crítica o que la que haya sea de francotiradores. 
  • E.: Esto puede relacionarse con cierta degradación en la educación y con que se lee poco o solo bestsellers, ¿crees que esto influye en la literatura joven contemporánea? 
  • J. B.: Tal vez esté relacionado, pero también creo que esto está diseñado desde arriba, es decir, nos vendieron la idea de que la nuestra fue una transición ejemplar y vamos comprobando cosas, pero nadie ha dicho nada, tenemos un país lleno de parados, pero no pasa nada… no es casual que la educación se haya degradado. No es descabellado decir que mi bachillerato fue mejor que el vuestro y que el mío fue peor que el de mis padres, etc. Y esa degradación paulatina junto a otros factores que nos van entreteniendo, conforman el panorama. Estamos en la sociedad del ocio: y en esta sociedad ¿qué es lo que da el triunfo social? El negocio, el nec ocio, justo lo contrario, su negación. Cuando venía a Valladolid estaba en un tren lleno de tipos con traje y corbata y sus teléfonos móviles resolviendo asuntos importantísimos. No es que lo jóvenes no lean, es que no lee nadie. Esos señores, si les preguntas, seguro que eran abogados y tenían sus másteres, pero qué influencia social puede tener que yo les dé un libro y les diga: lee estos poemas. La vida para ellos está en otra parte. Para mí eso es una negación de la vida. Sus fines de semana seguro que son mejores que los míos, es decir, de lunes a viernes yo tengo mejor vida que ellos, pero de viernes a domingo ellos me pegan una paliza, su vida es mejor. Por eso, lo que estamos hablando no tiene ninguna influencia en la vida de esas personas y digo que esto está diseñado desde arriba para crear al señor pegado al teléfono móvil que resuelve sus asuntos o al chaval que no es capaz de terminar el bachillerato. Y luego está el cuento de que ya no hay sociedad de clases: eso es mentira. Yo veo la diferencia en los hijos de mis amigos, entre aquellos que a los ocho años saben francés, inglés, alemán, tocan el piano y juegan al tenis y otros que no tienen ni idea y que no hacen nada. Y eso jode, y además porque se ha conseguido desde la izquierda. ¿Cómo afrontas todo eso desde el pueblecito de Asterix que somos los literatos, los artistas? Pues solo como lo afrontaba Asterix, es decir, no puedes tratar de hacer que caiga Julio César, pero sí tratar de que no te invada. Resistir. Si pienso de nuevo en el vagón lleno de hombres de negocios, no tenemos nada que hacer. 
  • E.: Aun así Asterix era muy molesto para los romanos… 
  • J. B.: Sí, lo era. Pero porque César quería tenerlo todo. 
  • E.: Y atendiendo a este panorama, ¿no crees que el consentimiento generalizado tiene un grado de responsabilidad igual o mayor que ese plan diseñado desde arriba? 
  • J. B.: Claro que sí, pero el plan diseñado está hecho sabiendo cómo somos cada uno. Lamento citar un verso mío pero estamos diseñados «para que quien sepa cómo estamos diseñados nos domine» y ellos lo saben, claro, es obvio. Finalmente a la mayoría de nosotros nos llega un momento en el que tenemos que elegir entre los postulados ideales o esa maravillosa vida cotidiana llena de pequeños placeres y entretenimientos, sin implicarte, sin preocuparte mucho, sin poner en riesgo lo que has conseguido, y que la mayoría vire hacia ese lugar de los grandes fines de semana. Y si triunfa ese diseño desde arriba es porque la mayoría de nosotros evita cualquier implicación que ponga en riesgo algo. 
  • E.: En otros momentos de la historia, la literatura y el arte en general se ha puesto al servicio de la política o han intentado influir en su deriva agitando socialmente, ¿crees que ahora tendría sentido que la literatura cumpliera esta función? 
  • J. B.: La única literatura capaz de agitar o de tener ciertos resultados sociales es la juvenil. Pero esta es la que más orientada está. En este sentido la literatura juvenil es importantísima: por eso se escribe ahora tanta literatura de este tipo, pero casi toda sigue las pautas propuestas por los que diseñan desde arriba. Alguien dice lo que necesitan los chavales y se escribe. Hasta el momento en el que surge algo que va contra ese diseño y entonces lo prohiben. Ahora ha surgido una escritora escandinava cuya novela ha sido prohibida en los institutos de Dinamarca. Esto es a lo mínimo a lo que debería aspirar una novela juvenil, a ser prohibida, porque esta es la prueba de su valía. No creo que una novela, por ejemplo, de Muñoz Molina, pueda activar de alguna manera, es decir, la lees y dices: «vaya, la guerra civil, fatal», pero más allá de eso, nada. 
  • E.: ¿Y dónde nace esa casta de personas que lo ha diseñado todo? 
  • J. B.: Bueno, es que es un sistema y siempre ha sido así. Todos los imperios tenían estos diseños. Tenían sus gladiadores o lo que fuera, pero es lo mismo. Ha cambiado de manos y alguna otra cosilla porque nos hemos humanizado un poco, pero no es más que otra manera de hacerlo. Los romanos también tenían a gente en su senado que hablaba y no les hacían ni caso, y los tenían no porque les resultaran interesantes sino porque así podían decir «¿Ves? Pero si aquí puedes hablar!»
  • E.: Bukowski, ya que hablaste de él antes, decía que todo escritor está expuesto a una trampa mortal: cualquiera que escriba pensando en su lector, su editor, en tener éxito, en cualquier elemento que juzgue su obra que no sea él mismo, estará fracasando literariamente. ¿Cómo llevas tú esa trampa, siendo un escritor con tantos libros ya publicados, habiendo escrito novela, relato, poesía…? 
  • J. B.: Yo no pienso en esto, no sé si porque he tenido mucha suerte y mi primer libro fue rodado. Siempre he hecho lo que he querido, salvo cuando he trabajado como periodista. Mi última novela es de 2003 y desde entonces tengo a mi editor insistiendo para que escriba otra, y sin embargo, mientras tanto, he publicado dos libros de cuentos y cuando le di el último me dijo «ya te vale», pero lo publicó igual. Yo no siento ninguna presión, si no sale, no sale.
    Cada uno tiene sus métodos y hace falta ser sincero para explicar esto, cosa que no sé si estoy dispuesto… Tal vez me conozco, yo sé cuándo un texto mío está bien o no. El jueves leo un relato que sé que no es bueno, podría serlo, pero le faltan seis u ocho meses…y lo sé, no necesito dárselo a nadie para que me lo diga. El primer juez y censor soy yo mismo. 

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