La cultura que queremos

UNO: VALLADOLOR.

Valladolid cuenta con un gran potencial cultural. Los que nos hemos dedicado a este ámbito sabemos que esa afirmación es más que un lugar común entre artistas, bandas y colectivos de nuestra ciudad. Entonces, ¿por qué no eclosiona una auténtica escena cultural? ¿Qué tenemos y qué nos falta? En varios artículos que iré publicando, voy a intentar dar mi visión, absolutamente personal y basada en mis años al frente del Colectivo Rémora y el Beluga, con el ánimo de poder contribuir a cambio de modelo en nuestra ciudad.  

Empezaré por lo que se ha denominado en los últimos años «cultura de base». Desde finales de los 80 entre los círculos más underground se popularizó el término «Valladolor» como una forma de expresar el descontento (ligado a muchas acciones de protesta) al ver cómo la ciudad se iba quedando en los márgenes de lo posible. No voy a entrar ahora en las causas políticas, pero durante los siguientes 25 años aproximadamente se perfiló y agrandó una brecha entre la «cultura institucional» y la «cultura alternativa» (por ponerle uno de los muchos nombres que se usaban). Todo lo que se promovía de manera independiente por organizaciones privadas (bares, empresas y colectivos), y constituía un tejido rico en ebullición, fue desapareciendo de forma directamente proporcional al protagonismo exclusivo que comenzó a adquirir el ayuntamiento (y después sus fundaciones) en la organización, promoción y producción de cultura. Si el último gobierno de Bolaños ya tenía un peso enorme en este sector, los sucesivos de León de la Riva solo lo acrecentaron eliminando el tejido particular, con normas cada vez más restrictivas amparadas por una Junta de Castilla y León con la que compartían ideario político.

Así, la oposición entre «ambas culturas» llegó a su clímax cuando el ayuntamiento comenzó a perseguir los conciertos en los bares al mismo tiempo que se gastaba más de un millón de euros en organizar eventos como el Valladolid Latino, lo cual nos explica muy bien la reacción de músicos, hosteleros, artistas y público cuando a principios de 2013 se levantaron contra lo que consideraron una auténtica caza de brujas, recogiendo más de 6.000 firmas en pocos días para pedir el cambio de las ordenanzas y de la ley autonómica de Espectáculos que no permitían ni siquiera hacer una exposición en un bar.

Músicos ambulantes en un bar de Río Piedras, Puerto Rico, 1937. Autor desconocido. Dominio Público.

Ahora, aunque la situación está más calmada gracias a la no beligerancia del actual gobierno municipal y sus socios, creo que no se ha sabido afrontar este tema. Digo esto solo por un detalle: si mañana volviera a gobernar el PP, desde un punto de vista legal, de infraestructuras culturales y de desarrollo del tejido particular, podrían retomar la caza de brujas sin problema. Así de frágil continua la cosa. Desde esta perspectiva es lógico que el pesimismo que destila el sobrenombre de «Valladolor» siga generando tantas adhesiones.

Por eso, quiero apuntar algunas ideas con el único ánimo de poder contribuir a esa intención que sí parece tener el actual gobierno de cambiar algo. En primer lugar, el punto de partida, ¿Por qué la cultura es la base y qué es eso de la cultura de base? A mi entender, la cultura es el sustrato básico de toda sociedad que, asimismo, le permite sus desarrollos más avanzados. Piénsese esto en términos sociales, éticos, políticos, científicos, económicos… Seguramente no tendríamos hoy ordenadores si Ada Lovelace no hubiera soñado con ellos en sus poemas a mediados del siglo XIX, por poner un ejemplo. No hay mejora social si no hay cultura. La idea de «base» apunta en esa dirección. Y no, no es lo primero que se le pase por la cabeza al vecino ni únicamente grupos locales. Va más allá. Porque también apunta hacia el hecho de que debe ser permanente y autónoma, al estilo de la investigación de base en la ciencia.

Necesitamos que sea permanente porque no puede depender de la buena voluntad de quien esté en el cargo, porque debe ser accesible y asequible para toda la ciudadanía, debe dar la posibilidad de que cada uno disfrute de sus momentos de creatividad y, como dice el refrán, debe «hacer el bien sin mirar a quién».

Es decir, del mismo modo que hay una investigación científica de base que es apoyada más allá de sus resultados y aplicaciones tecnológicas a corto plazo como garantía irrenunciable para avanzar en el conocimiento humano, debería haber un apoyo cultural básico sin importar sus resultados. Esto, por supuesto, no implica que se deba financiar desde lo público cualquier cosa. Al contrario, habría que establecer unas fases en este apoyo y la promoción.

La idea es muy sencilla y los países más desarrollados en términos de abundancia y calidad culturales lo practican desde hace décadas: cuanta más gente pueda desarrollar su creatividad, mejores Delibes habrá, mejores músicos, mejores empresarios y mejores ciudadanos en general. Lo que en términos futboleros se ha llamado «hacer cantera». Hay que entender la cultura como algo estratégico.

Por tanto, el apoyo institucional debe ser decidido, básico, sin condiciones (solo las mínimas de civismo, respeto a los derechos humanos y una cierta calidad/seriedad a la hora de comprometerse con el trabajo a desarrollar) y democrático. No solo se trata de poner dinero sobre la mesa (que es indispensable a través de un suelo de inversión, por ejemplo) o de impulsar un cambio en las ordenanzas municipales que reconozca esta cultura de base, ni siquiera de presionar únicamente a la Junta. Se trata también de impulsar espacios y otro tipo de apoyos. Lugares mixtos donde la autogestión pueda ir acompañada del impulso institucional, como se está haciendo ya en sitios como La Harinera de Zaragoza. Reconocimiento y legalización de la labor cultural de aquellos establecimientos de hostelería que apuestan por un ocio más «ilustrado». Una política satelital de los centros institucionales hacia las periferias autogestionadas, con colaboraciones, acompañamiento, creación de iniciativas conjuntas, foros continuos de discusión, etc. Poner fin a la política paternalista del «te concedo un permiso» y pasar a fomentar la coparticipación en la vida cultural de los artistas, colectivos y espacios alternativos. Ayudar a generar un circuito donde la base se pueda cruzar progresivamente con lo profesional.

Se trata, en definitiva, de generar una estructura material permanente que permita dar el salto desde esa base a los ámbitos profesionales. Aprovechar ese potencial que tenemos y situar a Valladolid como un lugar atractivo para crear cultura y disfrutarla.

1 comentario en “La cultura que queremos”

  1. Carlos, amigo ya mío, bordas con tu artículo lo que quiere y debe de poseer la ciudadanía que a su vez, como tu dices, es la cantera proveedora de la creación artística. Nunca estuve de acuerdo en que son las élites sociales las que crean cultura. Otra mentira más de las clases dominantes. Me viene a la memoria, no sé si tu te acuerdas, de que la Sra. Botella, ejemplo de élite dominante con todas las connotaciones de manipulación, impunidad corrupta, analfabetismo cultural, etc. etc (llenaría páginas de calificativos negativos que la definen), propuso que las artistas de las calles de Madrid pasaran por un exámen de capacitación artística, para desarrollar su talento a la intemperie, en espacios inhóspitos. ¿Te imaginas otra iniciativa política más humillante? Carlos, vivimos tiempos muy antagonistas de las humanidades. Yo ya tengo unos años, y voy percibiendo ese sentimiento de que la decadencia biológica no es tan negativa, sino que puede llegar a ser liberadora. No sé si me entiendes…

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