Cicerón en campaña electoral

La credibilidad política –

En cada nueva campaña electoral, me acuerdo siempre de lo mismo: para ser creíble, hay que desterrar las malas artes y evitar la difamación y la mentira. 

En realidad, se trata de uno de los consejos que le dio a Cicerón su hermano pequeño, Quinto Tulio, cuando aquel se presentó como candidato para ser cónsul y este, que era una especie de experto en comunicación política de la época, le asesoró.

En el año 64 antes de nuestra era, el famoso orador Cicerón compitió con pesos pesados como el tío del conocidísimo Marco Antonio, y contra Catilina, el urdidor de conjuras que ha pasado a la historia gracias a Salustio (¡quién no sufrió con la traducción de sus textos en B.U.P!), para ocupar uno de los cargos más prestigiosos de la república romana. 

Visita al Coliseo de Roma de Woodrow Wilson, presidente de EE.UU., 1919.

En su Breviario de campaña (Commentariolum Petitionis), Quinto advierte que, aunque su hermano no necesite ayuda en la cuestión del discurso, sí le vendrá bien tener claro cómo debe diseñar su actuación. Todo lo hace girar en torno a la credibilidad.

¿Se puede decir o hacer cualquier cosa en periodo electoral solo para ganar unos votos? Él lo tiene claro: no. Lo curioso, y al mismo tiempo lo más cercano a nuestra época, es que no lo afirma en virtud de una moral superior, sino debido a un sentido práctico de las relaciones humanas. 

Para Quinto Tulio, no se puede esperar que la gente se adhiera a tu causa si no eres capaz de ofrecer al resto unas expectativas sólidas de beneficio. El beneficio es el oficio bueno, lo que está bien hecho y es bueno. Por tanto, una persona que cultive la difamación y la mentira no podrá jamás aportar nada beneficioso a sus vecinos. De ahí que la nómina de las acciones sea el principal valedor de un candidato. 

Traída la pregunta a nuestra época, la respuesta es tan tristemente obvia que parece estúpido o ingenuo preguntárselo. Especialmente la derecha política y la mediática, aunque no solo, se muestran cada vez más dependientes de la mentira y la difamación. Lo que se ha denominado trumpismo.

En general, hoy importa poco en la esfera pública la credibilidad. Nos entregamos con auténtico síndrome de abstinencia a la fiesta del zasca, al pandillismo digital y al selfie con photoshop, que son sus contrarios. Cada uno de nosotros sirve de alimento para ese Saturno mafioso y bullanguero que es el timeline de su propio perfil, y a cambio recibimos nuestra ración diaria de metadona. Más clics, más likes, más share.

Las adhesiones a las causas vienen determinadas por el número de seguidores. La mentira del zasca, la falsedad del selfie y el apaleamiento digital son parte de los ingredientes de esa anestesia general que nos mantiene desapegados y descreídos.

Cicerón no tendría nada que hacer hoy. Ha desaparecido todo sentido de lo práctico como beneficioso. Cada nueva campaña lo pienso. Ya ni siquiera se trata de credibilidad, solo de decencia. Pero con esta, amigos, no se gana ni los buenos días.

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