Resistencia Silenciosa: el Nobel de László Krasznahorkai

¿Es posible ganar el premio literario más prestigioso del mundo y pasar desapercibido? El escritor húngaro László Krasznahorkai ha demostrado que, en tiempos de ruido y mercachifles, recibir el premio Nobel y hacerlo con voz queda y retirándose a un segundo plano es la mejor manera de plantarle batalla al aturdimiento al que se nos somete a diario.

Sin embargo, más que de un hacer podríamos hablar de un resistir. Igual que sus personajes. Héroes de la resistencia silenciosa que ni siquiera estaban llamados a figurar en parte alguna. 

Korin, el protagonista de Ha llegado Isaías (Acantilado, 2009) es un borracho y un perdedor, un visionario, un loco. Uno de esos que alguna vez conocimos en los cafés, a última hora de la madrugada, y que con una mano, nos lo quitábamos de encima, mientras que de reojo seguíamos su perorata por si acaso. Por si acaso sus verdades alcohólicas se volvían sobrias ya por la mañana. 

El alegato de Korin es existencial, filosófico, político. En el libro se trata de un órdago del último resistente del Bien –con mayúsculas– contra el Mal. Un perdedor de la Historia, un residuo de esos daños colaterales de la Ilustración, que lanza su canto de cisne esperando que la sociedad reaccione. El problema es que lo hace en el bar de una estación de autobuses de una ciudad de provincias ante una pareja de mendigos que intenta refugiarse allí del frío, y una camarera que ni le presta atención ni lo entiende. Por esto mismo, su resistencia es física. Él pone su propio cuerpo como último bastión defensivo contra el sistema. 

Corner of dormitory, homeless men’s bureau, Sioux City, Iowa. Russell Lee, 1936 (sin derechos).

De hecho, en su alucinante Guerra y guerra (Acatilado, 2009), el mismo Korin decide embarcarse en el viaje de su vida, de Hungría a Nueva York, para usar una nueva tecnología futurista –internet– con la que preservar la belleza del mundo y el Bien digitalizando un manuscrito. Aquí es la letra la que aparece como última resistencia. Pero también un acto tan insignificante en nuestra época como el viaje al mismísimo corazón del imperio que lo está destruyendo todo. Korin no pretende llamar la atención ni ser protagonista de nada. Tiene una misión que considera sagrada, casi íntima. Resistir a la descomposición del mundo.

Mucho más trivial es la labor del personaje de otra de sus enormes novelas –en un sentido figurado, pues no abarcan demasiadas páginas: Melancolía de la resistencia (Acantilado, 2001). Precisamente ya el título nos desvela parte de la idea. Ni hay resistencia ni hay acción. Sólo un movimiento melancólico frente al caos y la destrucción que termina imponiendo un circo que llega a una ciudad de provincias con la promesa de un espectáculo jamás visto. La mera expectativa genera un desorden tal que hace estallar la violencia y Valuska, el protagonista, se erigirá como figura que resiste el advenimiento de la tiranía y la violencia, mientras que el resto de vecinos se entregan al absurdo de mantener sus tics y costumbres.

Sin embargo, es en uno de sus opúsculos probablemente menos conocido, El último lobo (Fundación Ortega Muñoz, 2009) donde el húngaro lleva hasta su propia experiencia esta idea de una resistencia casi pasiva, desapercibida. Respondiendo a la invitación de dicha entidad, Krasznahorkai pasó unas semanas en Extremadura. Pero a cambio debía escribir un texto. Su respuesta: un breviario novelado de su propia experiencia como escritor que no sabe qué hacer ni que decir y acaba por seguir el rastro de una leyenda, la del último lobo de la región que murió asesinado a manos de un cazador. Aquí es el propio autor quien rehuye la cita con la ficción. Es como si, al negarse a escribir un cuento, se estuviera resistiendo. ¿Pero a qué? ¿Qué pinta esta actitud hoy en día?

László Krasznahorkai pertenece a una generación de escritores europeos –nació en 1954– ante los cuales desfiló gran parte de los horrores del siglo XX como si se tratara de una nube oscura que se aleja en el cielo de un anuncio televisivo. Tanto la sociedad capitalista como la comunista, con sus dos bloques, proporcionaron grandes dosis de anestesia a sendas sociedades con lo que olvidar el pasado y no hacerse sujetos del presente. Por una parte, la llamada a la construcción de un mundo nuevo. Por la otra, la promesa de un futuro mejor. En ambas sociedades industrializadas de masas, el gesto individual en contra se vuelve significativo. Pero a fuerza de repetirlo y de exaltarlo en la publicidad o en la propaganda, se acaba por caer en la apatía y de ahí, en la melancolía. La resistencia ha de ser, por tanto, callada, desapercibida. Pasar inadvertido.

No es que Krasznahorkai no haya dado entrevistas tras recibir el Nobel o se haya recluido, es que su literatura se encontraba en una tercera o cuarta fila. Por convencimiento. Como estrategia. Quien sabe si tal vez por incapacidad comercial. Pues su escritura no es fácil y tampoco ha pretendido masificarse –tratando temas de moda, por ejemplo. Pero ha sido esta posición escondida precisamente lo que le ha posibilitado convertirse en un referente certero, profundo. 

Frente al aturdimiento de lo instantáneo y del ruido, un premio otorgado a un tipo callado, tranquilo, cuya literatura está probablemente entre las más desconocidas de los premios Nobel. Todo un ejemplo de resistencia frente al signo violento de los tiempos.

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