Buena parte de mi infancia la pasé en un pueblo del sur de Badajoz, pegado a la frontera portuguesa, de donde es mi familia paterna. La dehesa infinita, ese paisaje de vegetación casi mineral, y la raya que une dos culturas alimentaron los mitos de mi niñez. Un mundo idealizado que se quedaba suspendido cada septiembre al volver a la ciudad, año tras año. Hasta que un día dejé ir.
La poesía, como el recuerdo, es un intento de recuperar algo perdido. Pero reinventándolo. Tal vez, ese estado adánico en el que éramos uno con el lugar y el momento. El niño indistinto del entorno. El lenguaje aún no articulado de las cosas.
Recuerdo bajar a Guadiana
Mi padre nos apretaba en el coche
En la frontera enseñábamos los pasaportes
El guardinha nos daba paso con la mano
Detrás de las encinas se anunciaba el río
En su dialecto verde oscuro
Yo buscaba as pedras, a roda d’agua
Los signos que imprimía mi recuerdo
Minerales líquenes en la dehesa
Guadiana los sorbía hacia sus remolinos
Mi padre nos señalaba las charcas
Decía, mirad esa culebra
Cómo vadea la corriente
Yo era pequeño veía solo el agua
Pero en la raya se conciben tres caminos
Uno se ve desde el otro lado
Uno no sale de casa
Uno se esfuma si lo caminas
Ahora Guadiana ya no existe
Un pantano sustituye mi memoria
No vuelves dos veces a tu mismo pueblo

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